El apóstol Pablo escribió trece de los veintisiete libros del Nuevo Testamento y dejó una marca indeleble en la iglesia cristiana. Aparte de sus nueve cartas a las iglesias (la mayoría de las cuales él mismo había plantado), escribió además cuatro cartas personales, una para Filemón, otra para Tito y dos para Timoteo, su más destacado discípulo. Mientras que la primera epístola canónica de Pablo, la carta a los Romanos, nos provee de una expresión de peso de la teología del apóstol, es la segunda a Timoteo la que nos construye una intensidad hacia la exhortación en un esfuerzo por asegurar el futuro de la iglesia más allá de la era apostólica.

Hacia el final de lo que llegó a ser la carta final de Pablo a Timoteo, el apóstol hace su último encargo. “Te encarezco” es una introducción solemne para una frase aún más solemne “delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino” (ver 2 Timoteo 4:1). La presente súplica excede a todas las anteriores en solemnidad, intensidad y urgencia. Mientras Timoteo realiza sus labores como el delegado apostólico de Pablo y conservándose dentro de la misma práctica de Pablo (2 Corintios 5:9-11), el apóstol quiere que él siempre tenga en mente la realidad de Dios y la certeza del regreso de Cristo.

El encargo final de Pablo a Timoteo es este (presentando una serie de cinco imperativos en griego): “Predica la Palabra” (en “la Palabra,” ver 1ra a Timoteo 4:12; 5:17). Timoteo ha sido instruido en las “santas Escrituras,”  las Escrituras (2da a Timoteo 3:14-17); son la misma Palabra, la palabra de Dios (2da a Timoteo 2:9), la “palabra de verdad” (2da a Timoteo 2:15), él es solemnemente llamado a predicar (Romanos 10:8; 1ra a los Corintios 15:2). Notablemente, esta predicación no está limitada a la edificación de los creyentes (2da a Timoteo 4:5). Se sobreentiende que se debe impartir a sus oyentes sana doctrina antes que decirles lo que ellos quieren escuchar.

La principal motivación de Timoteo no debe ser complacer a las personas; él deberá tomar primero su consejo y principalmente de la Palabra de Dios. Como dice John R. W. Stott, “No tenemos libertad para inventar nuestro mensaje, sino solo para comunicar ‘la palabra’ que Dios ha hablado y que ahora ha confiado a la iglesia en sagrada encomienda.” ¿Está la palabra de Dios siendo predicada en nuestras iglesias  hoy en día? Debemos proclamar la Palabra en lugar de simplemente sazonar y cocinar al gusto para las “necesidades percibidas” de la gente o usar el púlpito como plataforma para procurar nuestros propios planes personales.

Pablo agrega, primero, que el predicador debe proclamar la Palabra sea popular o no en ese momento (eukairōs akairōs, un oximorón; Marcos 6:21; 14:11; 2da a Timoteo 4:3). Esto desafió tanto a la sabiduría judía como a la griega. El predicador del Antiguo Testamento escribió que hay “tiempo para estar callado y tiempo para hablar” (Eclesiastés 3:7). La retórica convencional greco-romana sostenía de igual manera que el interlocutor cuidadosamente discerniera si ciertas formas de charlas serían oportunas en una situación o no.

De acuerdo a Platón, “el conocimiento de los tiempos para hablar y para mantener el silencio” es crucial (tēn eukairian te kai akairian; Phaedrus 272A). Lo más asombroso es la exhortación de Pablo a Timoteo a predicar la palabra incluso cuando su audiencia pueda no ser receptiva (algunos dicen que la referencia es meramente para la conveniencia propia de Timoteo, pero esto es poco probable).  A juzgar por el libro de los Hechos, esta era también la práctica propia de Pablo. Al final, predecir la respuesta de la audiencia no es la responsabilidad del predicador, tan solo el ser fiel a su llamado. Como escribe Teodoro de Mospuestia, “Cada ocasión constituye un tiempo oportuno para predicar.”

El material anterior es una adaptación de la obra en inglés de Andreas J. Köstenberger, “2 Timothy,” en The Expositor’s Bible Commentary, Vol. 12 (rev. ed.; Grand Rapids: Zondervan, 2006), 592–93.

by akostenberger - January 29th, 2008.
Filed under: Iglesia, Santa Biblia.

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