Llegando a la conclusión de lo que, al final, fue la última carta de Pablo a Timoteo, el apóstol da su último encargo.  “Te doy este solemne encargo” es una introducción solemne para la frase aun más solemne “en presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos” (ver también 2 Timoteo 2:14).  Esta súplica excede todas las anteriores en solemnidad, intensidad y urgencia.  Mientras Timoteo cumple sus responsabilidades como el delegado apostólico de Pablo en conformidad con la propia práctica de Pablo (2 Corintios 5:9-11), el apóstol quiere que sea siempre consiente de la realidad de Dios y la certeza del regreso de Cristo.

El encargo concluyente de Pablo a Timoteo es éste (empezando una serie de cinco imperativos en el griego): “Predica la Palabra” (sobre “la Palabra” ver 1 Timoteo 4:12; 5:17).  Timoteo ha sido fundamentado rigurosamente en las “escrituras santas,” las Escrituras (2 Timoteo 3:14-17); es la misma Palabra—la Palabra de Dios (2 Timoteo 2:9) la “palabra de la verdad” (2 Timoteo 2:15) —él está llamado solemnemente a predicar (cf. Romanos 10:8; 1 Corintios 15:2).  Notablemente, esta predicación no está limitada a la edificación de los creyentes (2 Timoteo 4:5).  Esto implica impartir la sana doctrina a sus oyentes en lugar de decirles lo que quieren oír.

La motivación primaria de Timoteo no debe ser complacer a la gente; él debe tomar su dirección primeramente y siempre de la palabra de Dios.  Como dice John R. W. Stott, “No tenemos la libertad de inventar nuestro mensaje, sino sólo comunicar ‘la palabra’ que Dios ha hablado y que ahora ha cometido a la iglesia como una confianza santa.”  ¿Se predica la Palabra de Dios en nuestras iglesias hoy?  Debemos proclamar la Palabra en vez de sólo satisfacer las “necesidades sentidas” de la gente o usar el púlpito como plataforma para perseguir nuestras agendas personales. 

Pablo agrega, en primer lugar, que el predicador debe proclamar la Palabra si esto parece popular en el momento o no (eukairōs akairōs, un oxímoron; Marcos 6:21; 14:11; cf. 2 Timoteo 4:3).  Esto desafía la sabiduría judía igual que la greca-romana.  El predicador del Antiguo Testamento escribió que hay “un tiempo para callar, y un tiempo para hablar” (Eclesiastés 3:7).  Retórica convencional greca-romana mantuvo de modo parecido que el orador debe discernir cuidadosamente si ciertas formas de dirigirse son oportunas en una situación dada o no.

Según Plato, “un conocimiento de los tiempos para hablar y para guardar silencio” es crucial (tēn eukairian te kai akairian; Phaedrus 272A).  Aun más sorprendente es la exhortación de Pablo a Timoteo para predicar la Palabra aun cuando su público no es receptivo (algunos dicen que se refiere sólo a la conveniencia personal de Timoteo, pero esto es improbable).  Juzgando por el libro de los Hechos, esto también era la práctica de Pablo.  En fin, no es la tarea del predicador predecir la respuesta de su público, sólo la de ser fiel a su llamamiento.  Como ha escribido Theodore de Mopsuestia, “cada ocasión constituye un tiempo oportuno para predicar.” 

La material arriba es adaptada de Andreas J. Köstenberger, “2 Timothy,” (“2 Timoteo) en The Expositor’s Bible Commentary, Vol. 12 (rev. ed.; Grand Rapids: Zondervan, 2006), 592–93.

by akostenberger - April 22nd, 2010.
Filed under: Blog, Santa Biblia.

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