Un gran reto a la autoría apostólica del Evangelio de Juan ha venido recientemente de Richard Bauckham.  En su trabajo Jesus and the Eyewitnesses (Jesús y los testigos oculares), Bauckham argumenta de una manera persuasiva que los Evangelios reflejan testimonios de testigos oculares.  Según Bauckham, la fuente ideal de literatura greco-romana antigua no fue el observador desapasionado, sino el testigo ocular.  Los Evangelios escritos, según Bauckham, contienen historia oral relacionada a la transmisión personal del testimonio de testigos oculares, no simplemente la tradición oral que es resultado de la transmisión colectiva y anónima de la materia.  “En este contexto,” contiende Bauckham, “los doce sirvieron como “una comisión de autoridad.” 

De importancia especial en esta consideración es el frase, “desde el principio,” que se encuentra en varios puntos estratégicos en los Evangelios y en la documentación del Nuevo Testamento (por ejemplo: Lucas 1:2; 1 Juan 1:1; ver Juan 1:1).  Hay varios otros recursos literarios usados para enfatizar el carácter del Evangelio de testimonio de testigos oculares, tal como el “inclusio del testimonio de testigos oculares” (ver Marcos 1:16-18 y 16:7 para Pedro; Juan 1:40 y 21:24 para el “discípulo amado”).  Según Bauckham, el proceso de transmisión de la tradición de Jesús resultando en nuestros Evangelios canónicos escritos es mejor entendido como una tradición formal controlada en lo cual los testigos oculares desempeñaron una parte importante y continúo.

Con respecto al Evangelio de Juan, Bauckham contiende que el “discípulo amado por Jesús” debe ser considerado el autor, pero él identifica Juan el Mayor como el autor, no Juan el apóstol, hijo de Zebedeo, fundamentalmente, parece, por su lectura de la evidencia patrística (Papia, Polícrates, Ireneo) y por su entendimiento a la referencia de los “hijos de Zebedeo” en Juan 21:2.  En cuanto al punto final, Bauckham considera que el anonimato del discípulo amado a lo largo del Evangelio sea un obstáculo insuperable a la autoría apostólica del Evangelio de Juan, ya que los “hijos de Zebedeo” son mencionados por nombre; él cree que el discípulo amado es uno de los dos discípulos no identificados en esa lista.

Esto puede ser, pero parece que no haya buena razón por qué Juan el apóstol (si fuera el autor) no pudiera haber puesto a sí mismo  inadvertidamente en la escena sin quitar su anonimato como autor.  Dicho de otra manera, dado que el “discípulo amado por Jesús” debe ser uno de los siete discípulos mencionados en Juan 21:2, pero como no puede ser Pedro, Tomás o Nataniel, hay por lo menos la posibilidad de uno en cuatro que sí es Juan el hijo de Zebedeo, y si se descarta a su hermano Santiago (como debiera hacer; ver arriba) la probabilidad suba a uno en tres.  El argumento a favor de Juan el apóstol como el autor resulta          más convincente cuando uno se considera la siguiente lista de las preocupaciones con el argumento de Bauckham:

(1)   Marcos 14:17-18 y Lucas 22:14 claramente ponen a los Doce en el Aposento Alto con Jesús en la Última Cena; esto va en contra de la tesis de Bauckham que el autor no fue uno de los Doce y aparece poner a un testigo ocular apostólico (Pedro como la fuente para Marcos) contra otro (eso del “discípulo amado”).

(2)   Aparte de la cuestión de si otros pudieran haber estado presentes  en la Última Cena, ¿cuál es la verosimilitud histórica de que alguien aparte de los Doce estaba al lado de Jesús en la Última Cena,  aun más dado que sabemos que Judas (uno de los Doce) estaba del otro lado de Jesús?  La respuesta tiene que ser, “casi ninguna.”

(3)   Bauckham no dice nada de la fuerte conexión histórica entre Pedro y Juan el apóstol en toda la evidencia dispuesta del Nuevo Testamento (los cuatro Evangelios, Hechos, y Gálatas; ver arriba).  Esto es especialmente significante a la luz del hecho que Pedro y el “discípulo amado” son incontestablemente y coherentemente conectados en el Evangelio de Juan.

(4)   La presencia de la frase “supongo” (oimai en griego) en Juan 21:25 es un mecanismo de modestia autoral (quedando con la etiqueta de “discípulo amado”) que apoye la integridad del Evangelio completo como del mismo autor, identificado en el Evangelio como testigo ocular en ciertos puntos estratégicos (por ejemplo: 13:23; 19:35).

(5)    Metodológicamente, la pregunta surge de la legitimidad de poner una gran cantidad de peso de la lectura de uno sobre la evidencia patrística en contra de la evidencia interna de los propios Evangelios; parecería que, al final, la lectura más convincente de la evidencia interna debería ser dado el mayor peso.

(6)   ¿Cuál es la probabilidad, a la luz de la teoría de Bauckham, que el testigo ocular primario del Evangelio de Juan es un no-apóstol –aún uno cuyo testimonio es superior a lo de Pedro?  Respeto a esto, la pregunta surge de si la iglesia primitiva hubiera recibido tal Evangelio, especialmente si fuera escrito una generación después de los Evangelios Sinópticos y a la luz de la importancia crucial puesto sobre la apostolicidad en el proceso canónico. 

(7)   ¿Por qué omitió el autor el nombre de Juan, aparte de lo del Bautista?  Seguramente es sorprendente que alguien tan importante como Juan el apóstol ni fue mencionado en el Evangelio (aparte de Juan 21:2).  ¿No sería considerablemente más probable que, de hecho, él es el “discípulo amado” y el autor del cuarto Evangelio? 

(8)   ¿Cuál otro Juan alguna vez fue atribuido la autoría del Evangelio de Juan en la iglesia primitiva?  Aparte de las citas ambiguas de Papia en Ecclesiastical History (Historia eclesiástica) escrito por Eusebio mencionadas arriba, y una referencia dudosa a Juan en Hechos 4:6 por Polícrates, la respuesta de nuevo es “ninguno.” 

La fuerza acumulativa de la lista sugiere que el argumento de Bauckham, mientras que por lo general es acertado afirmando la importancia del testimonio de testigos oculares para los Evangelios, es demasiado parcial al examinar la evidencia de la autoría del Evangelio de Juan.  De hecho, es difícil evitar la impresión que la autoría no-apostólica del cuarto Evangelio es prácticamente asumido desde el principio del argumento de Bauckham.  Esto es aún más sorprendente dado que la autoría apostólica parece ser el corolario más natural de la tesis total de Bauckham.  Después de todo, el punto de Bauckham no es meramente que testimonio de un testigo ocular—el testimonio de cualquier testigo ocular—es importante para el Evangelio, sino que estamos ocupados de cuestiones aquí con el testimonio de un testigo ocular apostólico, o sea, testimonio de un testigo ocular creíble porque viene de los que estuvieron más cercano a Jesús en su ministerio terrenal.  En este sentido, es difícil ver como un testimonio de un generalmente desconocido “Juan el mayor”—que no fue mencionado en ninguno de los Sinópticos ni en las otras escrituras del Nuevo Testamento no escritas por Juan—satisficiera el propio criterio de Bauckham.  Por el otro lado, la autoría apostólica del Evangelio de Juan, junto con la importancia de Pedro como testigo secundario, cabría perfectamente con la teoría total de Bauckham.

Por estas y otras razones, aceptamos y coincidimos con la tesis total de Bauckham acerca el carácter del testigo ocular de los Evangelios pero no encontramos convincente su caso contra la autoría apostólica del Evangelio de Juan.  Lo más probable, en nuestra opinión, es la opinión que el Evangelio de Juan, tal como los otros tres Evangelios canónicos, son fundados en el testimonio de un testigo ocular apostólico, y que, de hecho lo de Juan es el Evangelio escrito por el apóstol más cercano a Jesús durante su ministerio terrenal.  En turno, esta afirmación sólo cabe históricamente con el apóstol Juan, quien, según el testimonio unificado de Mateo, Marcos, y Lucas, era uno de los tres miembros del círculo íntimo de Jesús junto con Pedro y Santiago, el hermano de Juan.

NOTA: La publicación de arriba fue adaptado de Andreas J. Köstenberger and Scott R. Swain, Father, Son and Spirit: The Trinity and John’s Gospel (NSBT 24; Leicester, UK/Downers Grove, IL: InterVarsity, 2008), 31–33 (Padre, Hijo y Espíritu: la Trinidad y el Evangelio de Juan).  Para mayor información, vea Andreas J. Köstenberger y Stephen O. Stout, “The Disciple Jesus Loved: Witness, Author, Apostle: A Response to Richard Bauckham’s Jesus and the Eyewitnesses,” Bulletin of Biblical Research 18/2 (2008): 209–32 (“El discípulo amado por Jesús: testigo, autor, apóstol: una respuesta a Jesús y los testigos oculars por Richard Bauckham); y Andreas J. Köstenberger, “‘I Suppose’ (oimai): The Conclusion of John’s Gospel in Its Literary and Historical Context,” in The New Testament in Its First Century Setting: Essays on Context and Background in Honour of B. W. Winter on His 65th Birthday, ed. P. J. Williams, A. D. Clarke, P. M. Head, and D. Instone-Brewer (Grand Rapids: Eerdmans, 2004), 72–88 (“’Supongo’ (oimaí): La conclusión del  Evangelio de Juan en su contexto literario e histórico,” in El Nuevo Testamento en su escenario del primer siglo: ensayos sobre el contexto e información de fondo en honor de B.W. Winter en su cumpleaños de 65 años).

by akostenberger - April 22nd, 2010.
Filed under: Blog, Santa Biblia.

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