“Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18).  ¿Quién es este hombre que puede afirmar tener toda la autoridad en el cielo y en la tierra?  ¿Existe una declaración más increíble?  ¿O una afirmación registrada más asombrosa?  En el momento climático del evangelio de Mateo, vemos a Jesús con los once discípulos, en Galilea, ascendido al monte, proclamando lo que ahora conocemos como “La Gran Comisión”: “Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes.  Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:19-20).

¿Cómo puede que Jesús tiene toda la autoridad en el cielo y en la tierra?  En el contexto del evangelio de Mateo, el lector es recordado de la táctica propuesta a Jesús por “el tentador,” el diablo, Satanás, quien llevó a Jesús a “a una montaña muy alta” y le mostro todo el reino y el esplendor de este mundo y le dijo, “Todo esto te daré si te postras y me adoras” (Mateo 4:8-9).  Jesús lo negó, reprimiendo al diablo diciendo, “¡Vete, Satanás!”  Más adelante en el evangelio, Jesús le cuenta a sus seguidores más cercanos que él tiene que sufrir, y ser matado, y ser resucitado al tercer día, y cuando Pedro lo lleva a un lado para reprimirlo, negando la necesidad de la cruz, Jesús, en términos parecidos, le dice a Pedro, “¡Aléjate de mí, Satanás!” (Mateo 16:21-23).

Entonces, es únicamente después de la crucifixión que Jesús afirma tener toda la autoridad en el cielo y en la tierra.  Es el Cristo elevado quien, en la manera de un general conquistador victorioso, asciende al monte y encarga a sus seguidores que vayan y conquisten a los mundos, parecido a Alejandro el Magno y otros líderes militares quienes proponen a dominar el universo y someterlo a su voluntad.  Pero, la de Jesús será una conquista suave, en armonía con su invitación, “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso.  Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma.  Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana” (Mateo 11:28-30).

Y, mientras sus seguidores entran al mundo para discipular a las naciones, Jesús mismo, Emmanuel de Isaías, que traduce, “Dios con nosotros” (Mateo 1:23) les acompañarán: “Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.”  ¿Cómo, entonces, puede ser fallar la misión de la iglesia, si Jesús mismo, el Cristo resucitado, el general conquistador, va a estar presente con su gente en el poder del Espíritu Santo?  Efectivamente, “Y este evangelio del reino se predicará en todo el mundo como testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14).  En la escena original, como nos cuenta Mateo, “Cuando lo vieron, lo adoraron; pero algunos dudaban” (Mateo 28:17).  ¿Lo adoremos, tú y yo? O, ¿nos vamos a dudar?

by akostenberger - February 16th, 2010.
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