Pocos de los milagros de Jesús, certificados en los cuatro evangelios canónicos, son tan increíbles como su caminar sobre el agua (ver Marcos 6:45-52). Como su transformar grandes cantidades de agua al vino, este milagro de la naturaleza desafía la explicación humana. No es que los no creyentes no hayan intentado explicar el evento por una explicación naturalista. Por ejemplo, recientemente alguien sugirió que Jesús era simplemente saltando de una roca a otra, rocas escondidas apenas abajo de la superficie del agua. Esto podría ganar el primer premio de la imaginación, pero es tan transparentemente un intento a explicar lo inexplicable que es instantáneamente contraproducente y nos dice más de la incredulidad de la persona quien propone la “solución” que de lo que más probablemente ocurriera.
Desde el llamado tiempo de “la Ilustración,” deístas y otras anti-sobrenaturalistas han buscado concebir guiones de causa y efecto que quiten lo milagroso de la Escritura. Uno de ellos fue uno de los Padres fundadores de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, quien expuso los “principios de un deísmo puro” supuestamente enseñado por Jesús, “omitiendo la cuestión de su deidad.” La Biblia de Jefferson, que no fue publicado hasta el 1895 por el nieto de Jefferson, comienza con el relato del nacimiento de Jesús, omitiendo toda mención de los ángeles, la profecía, los milagros, la Trinidad, o la deidad de Jesús. El relato concluye con estas palabras, “Ahora, en el lugar donde fue crucificado, había un jardín; y en el jardín, un nuevo sepulcro, donde no había sido puesto ningún hombre. Allí pusieron a Jesús. Y arrollaron una gran piedra a la puerta del sepulcro, y partieron.” ¡Fin de la historia! No resurrección.
¡Cuán diferente es este relato que lo que contaron los testigos oculares con respeto a Jesús en la Escritura! Es poco probable que alguien hubiera fabricado este tipo de historia donde Jesús camina sobre el agua, y también invitó a Pedro a salir del barco para caminar hacia el sobre el agua, a menos que en realidad él acordara el suceso. El caminar sobre el agua, a su vez, hubiera invocado claramente la memoria de la Escritura, según lo que Dios “se basta para extender los cielos; somete a su dominio las olas del mar” (Job 9:8). Al ver a Jesús, sus seguidores estaban tan asustados que pensaron que fue un fantasma y gritaron. Después, como nos cuenta Marcos, “Estaban sumamente asombrados” y “tenían la mente embotada” (Marcos 6:51-52). Aún cuando Jesús respira por la última vez, el centurión Romano que está frente a la cruz grita, “¡Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!” (Marcos 15:39).
“¿Qué clase de hombre es éste, que hasta los vientos y las olas le obedecen?” (Mateo 8:27).
