Muchas gracias a aquellos de ustedes que han respondido a mi más reciente columna digital acerca del intento de autor vs. La respuesta del lector. Recibí un mensaje sarcástico que decía, “¿Puede imaginar que alguien tan solo se atreva a criticarle a usted?” Sin embargo, este individuo no leyó completamente mi intención, la cual no era la de quejarme acerca de una revisión desleal sino más bien, para iniciar una discusión de diversos tópicos, que a mi punto de vista, son altamente significativos para aquellos que tienen un alto concepto de las Escrituras, incluyendo los siguientes: (1) ¿Está el lector a cargo o es acaso el autor? (2) ¿Es el texto Bíblico autónomo? (3) ¿Cuál es el trabajo de la exégesis? (4) ¿Cuál es el papel del comentaristas? Y así sucesivamente.
Para presentar algo más acerca del trasfondo de la revisión, fue escrito por un miembro del cuerpo de la facultad de la Universidad de Nyack, Nyack Collage, quien tiene títulos de la Universidad de Wheaton (B.A.), la escuela de Divinidad de la Escuela Evangélica Trinity Evangelical Divinity School (M.A.), y Westminster (Ph.D.). Aparte de los párrafos citados, la revisión fue mayormente positiva.
Al leer la porción crítica de la revisión que acabo de citar en mi anterior columna digital, me sorprendieron las referencias continuas a lo “literario”: tanto los “artificios literarios” como los “estudios literarios” son mencionados un par de veces. Al parecer, el revisor proviene de un punto de vista hermenéutico que acepta el significado textual en algún sentido autónomo del autor (sea humano o divino) y como captado por el lector en reflexión de un texto dado. En su respuesta, Mike Bird acertadamente señala que el trabajo de Kevin Vanhoozer y Anthony Thiselton aquí, quienes han demostrado que los autores son agentes comunicativos y los textos comunican hechos cuyo significado no puede ser legítimamente derivados del aislamiento de una intención del autor.
Como Jeremy Pierce astutamente observa, en lugar de simplemente habilitar al lector a construir un significado textual de cualquier manera que él o ella escojan, el revisor intenta por sus medios producir la evidencia textual que Jehová corteja a su caprichoso pueblo como un amante que resuena en Juan 4. La pregunta, entonces, llega a ser: ¿Por cuales criterios, si no es por intento del autor (sea humano y/o divino), deberemos juzgar la validez o verosimilitud de este tipo de interpretación? Parece que es en esta coyuntura crítica que emerge la distinción entre la teología Bíblica y la respuesta del lector post moderno. Muchos de ustedes quienes han respondido a mis columnas digitales previas, en mi opinión, acertadamente han optado a favor de aquélla mientras que rechazan ésta.
Ahora parece que el revisor, para esta parte, usa los criterios de placer estético derivados por el lector en contemplar significados textuales posibles. Considerar las siguientes citas: “Yo disfruté el proceso de contemplarlo”; “me guió a una apreciación más profunda de Jehová como amante”; “los estudiantes…merecen tener sus imaginaciones e impulsos estéticos absolutamente involucrados” (énfasis añadido). El papel del comentarista, en tales circunstancias, es el de producir una variedad de significados posibles (invariablemente haciendo borrosas las líneas entre la autoría prevista y los significados construidos por el autor) a fin de estimular la imaginación (post) moderna del lector y los impulsos estéticos.
A un nivel exegético, sin embargo, continúo indeciso en aceptar el simbolismo de “Jehová es un amante que corteja” que se presenta en Juan 4, por esta cantidad a una cercana a una lectura alegórica del texto cuando una lectura más directa de esta narrativa parece más adecuada para conservar el género de este texto. No hay necesidad de un vínculo textual entre Jesús al ser llamado el esposo en los capítulos anteriores y Juan 4; la escena del pozo de Jacob trae dimensiones salvacionistas históricas (Jesús es mayor que Jacob, comparar con Juan 1:51); la petición de beber por parte de Jesús en el versículo siete y la referencia a la comida en el versículo 32 difícilmente “enmarcan la historia como una escena de compromiso matrimonial”; y la inmoralidad sexual de la mujer no necesita ser espiritualizada o alegorizada sino que es parte natural de la interacción con Jesús que expone el pecado de la mujer a fin de mostrarle su necesidad por un Salvador (comparar con Juan 3:3-5).
Habiendo dicho esto, la presente discusión muestra, una vez más, que se pueden encontrar mucho desacuerdos, finalmente, no a un nivel exegético sino hermenéutico. ¿He sido excesivamente recalcitrante al privar a los lectores que “desean sus imaginaciones e impulsos estéticos completamente involucrados”? ¿Soy el equivalente exegético al “Grinch que se robó la navidad” de aquellos que buscan hacer fiesta en un potpurrí exegético de delicias culinarias de interpretaciones, tengan o no intención autoritativa? ¿O he sido cuidadoso en observar los límites apropiados ubicados por la disciplina de la exégesis la cual es vital en completar la labor interpretativa como se presenta en 2da a Timoteo 2:15: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien, la Palabra de verdad.”?
