NOTA: El siguiente es un sermón predicado por el Dr. Köstenberger en la Iglesia Bautista Cristo, Christ Baptist Church, en Raleigh, en el estado norteamericano de Carolina del Norte.
“Cuando pensamos en la Navidad y la Biblia, es natural que pensemos en la historia escrita por Mateo acerca del nacimiento virginal y la visita de los magos del oriente o la que escribió Lucas acerca del anuncio por Gabriel en su visita a María y el nacimiento de Jesús en Belén. Recordamos el decreto emitido por César Augusto, de José y de María subiendo de Nazaret a Belén, síy de María dando a luz en un pesebre. Pensamos en pastores en el campo, de las huestes celestiales anunciando paz en la tierra a aquellos de buena voluntad y a los pastores hallando al bebé en el pesebre. De esto es lo que trata la Navidad, ¿Está bien? Bueno, sí, de esto es lo que trata la Navidad.
Y aún hay más. El nacimiento de Jesús en un establo ese día fue solo la culminación de una larga historia que alcanzó la cúspide en ese evento notable. Como escribe Pablo en el libro de Gálatas, “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos” (Gálatas 4:4–5; ver también Hebreos. 1:1–3). ¿Qué quiere decir Pablo cuando dice que Jesús nació cuando “vino el cumplimiento del tiempo”? Él quiere decir que todas las preparaciones divinas para el nacimiento del Salvador habían sido completadas. Todas las profecías con respecto a la venida del Mesías habían sido alcanzadas. Todas las lecciones habían sido enseñadas por Dios a Israel. Todos los simbolismos anticipando y señalando hacia Cristo ya habían sido instituidos. Ahora faltaba una sola cosa por hacer: Que Dios enviara a su Hijo.
Juan habla de esto en el capítulo 3, versículo 16 de su evangelio: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquél que en él cree, no se pierda más tenga vida eterna.”¿Quién es este Hijo Unigénito? Como lo aclara el prólogo de Juan, este Hijo preexistió con Dios en la eternidad pasada, incluso antes de la creación. Ya Él estaba con Dios en el principio (un eco de Génesis 1:1, “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”). No solo estaba Él con Dios, sino que también Él, el Verbo pre-encarnado, era Dios. Además, Él fue aquél por medio del cual el mundo fue hecho. Él fue el Creador antes de llegar a ser el Salvador del mundo. Y entonces, lo más maravilloso de todo, Él, el Verbo, quien estaba en el principio con Dios, se hizo carne y vivió entre nosotros.
Quiero que, en lo que queda de tiempo, permanezcamos en la increíble descripción de Jesús en el prólogo de Juan y pausar para reflexionar en las increíbles profundidades de la revelación de quien es Jesús. Quiero que reflexionemos en lo que ustedes puedan llamar “La Navidad según San Juan,” una Navidad que no está enfocada en la parafernalia que hay alrededor del nacimiento de Jesús tales como el pesebre y los pastores, tan importantes como lo puedan ser para describir las humildes circunstancias en las cuales Jesús nació. La Navidad según San Juan, si se me permite, su perspectiva cuando Jesús toma forma humana, no intenta tanto traer a Jesús a la tierra para que podamos entenderle y simpatizar con Él (¿Y quién no puede simpatizar con un lindo bebé?). No, en lugar de enfocarnos con traer a Jesús a la tierra, Juan quiere llevarnos arriba al cielo, a un tiempo donde no había creación, ni humanidad, ni siquiera ángeles, un tiempo cuando Jesús, el Verbo, coexistía con Dios en perfecto amor y en unidad de propósito.
Leamos, pues, en Juan 1:1–18, la apertura del evangelio según Juan, y tratemos de encontrar respuesta a las siguientes preguntas: (1) ¿Quién es el Verbo que se hizo carne? (2) ¿Por qué vino ese Verbo al mundo? Y (3) ¿Cómo es la Navidad según Juan, y como puede el hecho de comprender el mensaje de Juan transformar la manera en que celebramos la Navidad?
Primero, ¿Quién es el Verbo que se hizo carne? Leamos Juan 1:1–5:
“1 En el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. 2 Este estaba en el principio con Dios. 3 Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. 4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5 La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la dominaron.” En los versículos 6 al 8, se nos dice que Juan el Bautista dio testimonio de Jesús, así que leamos los versículos 9 al 11. Como mencioné, Juan usa un estilo diferente para informar que los otros evangelistas. Lucas le lleva al establo, y te hace sentir que estabas allí con José y María y los ángeles y los pastores. Juan trata de darte un punto de vista algo más elevado y nos lleva en un viaje en la cápsula del tiempo, de ser posible, al comienzo del tiempo.
En ese principio, dice él, era el Verbo. ¿Qué (o quién) es el Verbo? El Verbo es la autoexpresión de Dios; el Verbo es quien Dios es. Así que lo que nos dice es que Jesús, cuando fue hecho carne, conocía a Dios tan íntima y personalmente como nadie jamás ha conocido a Dios, Es por eso que él pudo, como dice en el versículo 18, “explicar”a Dios, o, mejor aún, “darle a conocer”: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.”
Continuamos en el v. 1, el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Jesús se mantuvo en una relación muy cercana a Dios, a fin de explicarlo, aún así era Dios en su propio derecho. De manera que Dios el Padre es Dios y Jesús, el Hijo es Dios también, y los dos se mantienen en una relación muy cercana el uno con el otro. Aún cuando Jesús era un bebé en el establo, estaba en el “regazo del Padre,” como ustedes podrían traducir el capítulo 1 versículo 18. Él estaba seguro en el cuidado, amor y protección de Dios Padre, no importando lo frágil y vulnerable que fuera en su humanidad. Dios le envió en el cumplimiento del tiempo, y todo lo que rodeaba las circunstancias de la venida de Jesús estaba bajo el perfecto control de Dios.
No solo estaba Jesús con Dios, y era asimismo Dios, sino que estaba activo en la creación de Dios. Como dice Pablo, “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra … todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16). O como escribe Juan en el versículo tres, “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.” Aquí hay dos importantes implicaciones que fluyen de la actividad de Jesús en la creación.
Para comenzar, el mensaje de Juan es tal que, cuando Dios envía a su Hijo, esta no fue la primera vez en la historia humana en que el Hijo servía como agente de Dios. No, antes que Jesús llegara a ser el Salvador de la humanidad, ya él había sido el Creador.
Además, el hecho que el mundo fuese hecho a través de Jesús hace aún más increíble que el mundo haya rechazado a Jesús cuando vino a la tierra. No solo que lo rechazó, ¡Puesto que fue el mismo mundo que Jesús hizo el que rechazó a su Creador! Este es el mensaje de Juan en los versículos 10 al 11: “En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho, pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino y los suyos no le recibieron.” Él, el Creador no solo creo la luz y la separó de las tinieblas; él mismo era la luz que vino al mundo. Y él, el Creador, no creo meramente creo la vida y llegó a ser un dador de vida; él mismo era la vida que vino al mundo. Como lo dice Juen en los versículos 4 al 5, “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no permanecieron contra ella.”
Ahora cuando Juan se refiere a la Luz, creo que él no está pensando en la creación, puede estar, además, pensando en Jesús como el Mesías. Hay varios pasajes importantes del Antiguo Testamento donde se le llama al Mesías la luz. Ya en Números 24:17 podemos leer en la famosa oración de Balaam, “Lo veré, más no ahora; lo miraré, mas no de cerca; saldrá ESTRELLA de Jacob, y se levantará cetro de Israel, y herirá las sienes de Moab, y destruirá a todos los hijos de Set.” Y varios siglos después, el profeta Isaías escribió, “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos” (Isaías 9:2); y de nuevo, “… y te pondré por pacto al pueblo, por luz a las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas” (Isaías 42:6-7). Malaquías 4:2 dice, “Más a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el sol de justicia, y en sus alas traerá salvación …” después que el mensajero de Dios, el nuevo Elías, haya venido (Malaquías 3:1 y 4:2).
Finalmente, cuando Juan dice en el versículo 5 que la luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no prevalecieron contra ella, vemos claves de la batalla cósmica en la cual Satanás intentó vencer a Jesús pero no pudo, sino que más bien, Jesús le venció (sé que algunas traducciones en inglés dicen “no comprendieron” en lugar de “no prevalecieron” lo cual es más parecido al original.
Entonces, ¿quién era este bebé que nació en Navidad? De acuerdo a Juan, era Dios, el creador, la luz y la vida. Era el Hijo eterno de Dios quien era Luz en sí mismo y quien, al igual que Dios, vivía en luz inaproximable en la eternidad pasada. Es éste Verbo que, en Jesús, ha llegado ha ser carne y vivió entre nosotros.
Segundo, ¿Por qué vino el Verbo al mundo? Encontramos la respuesta en los versículos 12 y 13. Es interesante que Juan estructura cuidadosamente lo que es realmente un poema en el original para formar un cruce, es decir, que estructuró los versículos 1 al 18 en forma de círculos concéntricos. En los versículos 1 al 5, habla acerca del Verbo en la Creación (A); en los versículos 6 al 8, presenta al testimonio de Juan el Bautista (B); en el centro del cruce, en los versículos 9 al 14, habla de la encarnación del Verbo y del privilegio de llegar a ser hijos de Dios (C); en el versículo 15, regresa a Juan el Bautista (B’); y en los versículos 16 al 18, habla de la revelación final traída por Jesucristo (C’). De manera que en elmismo centro del prólogo Juan está enseñando acerca de la encarnación y acerca del propósito principal.
¿Por qué vino Jesús a este mundo? Mucha gente en nuestra cultura y por todo el mundo no comprenden la razón del nacimiento de Jesús. No logran sobrepasar a los enredos de la Navidad, los regalos, el árbol, San Nicolás, los dulces, los pastores, los pesebres, María, José, y el bebé Jesús. De la misma manera, mucha gente no logra entender la razón por la que murió en la cruz. La razón para esta falta de verdadera comprensión, creo yo, es que requiere ojos de fe, y el Espíritu Santo, para comprender el propósito espiritual de la venida de Jesús, el verdadero significado por la cual celebramos la Navidad.
¿Por qué se volvió el Verbo cuerpo? De acuerdo a Juan, la razón es que “… a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (versículos 12 al 13). ¡Hijos de Dios! ¿Es que acaso no somos todos Hijos de Dios por la sencilla virtud de haber sido creados por Dios? De acuerdo con Juan: No es así. De acuerdo a Juan, nos hacemos hijos de Dios solo al nacer espiritualmente, al nacer, “no por descendencia humana ni por una decisión de la voluntad del esposo, sino nacidos de Dios.” Así que cuando vemos al bebé en el pesebre, deberíamos pensar en el nacimiento espiritual que Jesús, Dios en su auténtico derecho, hizo posible al hacerse humano y morir en nuestro lugar.
Nicodemo, el maestro de Israel, no lograba comprender la necesidad de este nuevo nacimiento espiritual, cuando Jesús le dijo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” (Juan 3:3). Él pensaba que Jesús estaba hablando de un segundo nacimiento físico. Pero Jesús le explicó que el nacimiento del cual él estaba hablando era el nacimiento “del agua y del Espíritu,” esto es, un nacimiento caracterizado por la renovación espiritual y la transformación. Ese nacimiento que Jesús explicó, es como el viento, ¿Cómo sabes que hay viento? ¿Al verlo con tus ojos? No; sino al ver sus efectos. Cuando vemos las hojas que el viento sopla, entendemos que el viento sopla, creemos que vemos el viento, pero lo que en realidad vemos es el efecto del viento.
Si es muy difícil para usted y para mí comprender, no sigamos intentándolo y por el contrario comencemos a recibir lo que Dios tiene para nosotros. Cuando yo era un estudiante en Viena, Austria, y por la gracia de Dios tuve un despertamiento espiritual cuando tenía alrededor de 22 años, al comienzo hice un gran esfuerzo por comprender asuntos tales como un Dios soberano podía permitir que Jesús muriera en la cruz. O, cómo podría él permitir que ciertas cosas ocurrieran en mi vida, tales como el divorcio de mis padres cuando terminé la escuela secundaria. ¿Cómo puede Dios ser soberano y permitir que tales cosas desagradables pasen? No importaba cuanto mis amigos cristianos intentaran explicármelo, yo no lo podía comprender. (También se me hacía difícil perdonar a mi padre). En mi desesperación final, clamé a Dios, como Pedro clamó cuando comenzaba a hundirse en el agua, “¡Señor, sálvame!” Por su gracia, logré comprender que era pecador y que necesitaba un salvador. Al final, todo lo demás no es de mayor importancia. No aguarde hasta comprender la cruz, o cualquier otra verdad espiritual, para poder su esperanza en Jesús. Si usted comprende que es pecador, y sabe que necesita un Salvador, haga lo que Juan dice en Juan 1:12: recíbale, crea en él, y así usted también será hijo de Dios.
Tercero, ¿Qué es la Navidad de acuerdo con Juan, y como podemos lograr que al comprender el mensaje de Juan la forma en que celebramos la Navidad sea transformada? [Leer Juan 1:14–18.] Como ya hemos visto, para Juan, la Navidad, es decir, la venida de Jesús a este mundo en forma de bebé, es la encarnación de la Palabra de Dios. De esto es lo que nos habla Juan 1:14 y en los versículos 14 al 16 vemos dos aspectos importantes en que la encarnación nos involucra a nosotros. En estos versículos encontramos verbos que se conjugan con “nosotros.”
En el versículo 14, Juan dice, “Y aquel Verbo fuer hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.” Cuando vemos al bebé acostado en el pesebre, cuando vemos la vida y el ministerio de Jesús y cuando vemos a Jesús muriendo en la cruz por nuestros pecados, debemos ver la gloria de Dios. Debemos comprender que lo que Dios hizo en y a través de Jesús es algo maravilloso, algo que debe darnos una oportunidad de maravillarnos, alabarle y adorarle. ¿Percibe usted y percibo yo la gloria de Dios en Jesús? ¿Hemos dejado algo de tiempo en nuestros atareados horarios para asombrarnos ante la maravillas y la gloria de Dios en el Señor Jesucristo? Juan quiere llamarnos de nuevo hacia esta actitud de alabanza y adoración. Él desea que nos estemos quietos y sepamos que Dios ha enviado a su hijo unigénito al mundo. Quiere elevarnos por encima de las preocupaciones externas que envuelven la Navidad, para que podamos contemplar la maravilla de un Dios que se preocupa lo suficiente por el mundo y su gente como para enviar a su Hijo a morir, sabiendo que el mundo lo va a rechazar, sabiendo que la gloria vendrá a él solo después de haber pasado por el rechazo, el sufrimiento y el quebrantamiento.
No solo dice Juan en el versículo 14 que “hemos visto su gloria,” en el verculo 16 dice que “Pues de su plenitud todos hemos recibido y gracia sobre gracia.” Primero le hemos recibido a él (v. 12), y luego nosotros hemos recibido de su plenitud una abundancia de bendiciones. Quienes somos cristianos no solo hemos visto la gloria de Dios, sino que hemos recibido una abundancia de gracia de su plenitud. Como dice Jesús en Juan 10:10: “He venido para que tengan vida y vida en abundancia.” ¿Por qué nuestras experiencias son tan pobres en algunas ocasiones? ¿Por qué no comprendemos la plenitud de todo lo que Dios tiene guardado para nosotros en Cristo? Es porque no alcanzamos a comprender quien es realmente Jesús en relación con Dios y con nosotros mismos. La esencia de la vida Cristiana no es adoptar un compendio de creencias. La esencia de la vida Cristiana no es siquiera hacer el papel que creemos deba representar un creyente maduro. Jesús llamó a esta representación de papeles hipocresía. No, la esencia de la vida cristiana es una relación personal con Dios a través de Jesucristo, un amor agradecido y receptivo y una relación de confianza entre nosotros y otra persona, nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
¿Amamos genuinamente usted y yo a Jesús hoy? ¿Realmente confiamos en él? ¿O amamos más las cosas y a la gente? ¿Confiamos en él o si se supiera la verdad, confiaríamos en las cosas de este mundo y en otra gente, o en nuestras propias habilidades o planes humanos? En Jesucristo, Dios quiere restaurarnos a vivir en ese constante sentido de dependencia de Dios que caracterizó a Adán y a Eva antes que cayeran en pecado. Ellos eran sus criaturas, y él les había dado a su alrededor para que lo disfrutasen y cultivasen. Lo maravilloso de todo esto es que, de acuerdo a Juan, no necesitamos esperar del cielo hasta que esto se haga realidad. Jesús vino a darnos vida abundante ahora en este momento, y ya hemos recibido la plenitud de la gracia de Dios en Jesucristo.
¿Cuál es la “gracia y la verdad” de la cual habla Juan en los versículos 14, 15 y 17? Los más serios estudiantes de la Biblia creen que la expresión “gracia y verdad” en Juan 1:14 está fundamentada en la expresión “misericordia y verdad” (en Exodo 34:6) del Antiguo Testamento. La fuente de la gracia que hemos recibido en Cristo, entonces, es la misericordia de Dios y la fuente de la verdad que Jesús es y vino a traer y es además la verdad que conserva el pacto. De ser así, cuando Dios envió a su hijo en el cumplimiento del tiempo es una expresión de su fidelidad a su pueblo, y cuando miramos a Jesús, debería movernos a sentir agradecimiento por la fidelidad de Dios, a pesar de nuestros pecados, en buscarnos, venir a nosotros, rescatarnos de la maldición y del poder del pecado.
Así que cuando Juan nos dice en los versículos 14 al 18 que en Jesús hemos visto la gloria de Dios, hemos recibido su plenitud, tanto la gracia y la verdad. Así como le decimos a nuestros hijos, la Navidad no se trata acerca de dar regalos, cosas materiales que colocamos debajo del árbol. La Navidad es acerca de las bendiciones espirituales que recibimos a través de Cristo al hacernos sus hijos. Ese es el más precioso de todos los regalos. Esta Navidad, reforcemos de nuevo la maravilla de lo que significa ser hijos de Dios, y digamos con Pablo, “Gracias a Dios por su don inefable”, quien no es otro que el Señor Jesucristo, el Salvador del mundo, el Verbo que existía con Dios en la eternidad pasada y quien tomó cuerpo humano y vivió entre nosotros. Como escribe Mateo, citando al profeta Isaías, “Una virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrás por nombre ‘Emanuel’ (que significa: ‘Dios con nosotros’).”